La idea que presenta al filósofo como
el único ser apto para gobernar, sugerida en las páginas de Platón, dista de
ser congruente en un sistema democrático que propone la igualdad entre los seres
humanos en la carrera por el poder. Pero uno pregunta qué ocurriría si la clase
política se detuviera a reflexionar juiciosamente sobre los temas que plantean
la filosofía política o la ética (filosofía moral), si, por ejemplo, se
llegaran a cuestionar por la justicia o por la naturaleza de las sociedades
humanas. Quizá la política dejaría de ser una catarata de infortunios.
Lamentablemente, sabemos que eso no
ocurrirá. Los políticos profesionales están demasiado ocupados en “ser
prácticos”, en resolver los problemas coyunturales de la administración
pública. Qué tiempo van a tener para la filosofía si no lo tienen ni siquiera
para adquirir una mínima noción del derecho o de la ciencia política. Incluir
en la agenda una reflexión consciente complica las cosas, y la clase política
parece no estar en condiciones de asumir esa dificultad, mejor le queda acomodarse
en los plácidos cojines del facilismo. No obstante, en esa misma actitud de
comodidad irreflexiva nos situamos quienes, no teniendo poder, somos la base
sobre la cual el poder político se fundamenta, los cuales vemos con indiferencia,
irresponsablemente, cómo manejan nuestro destino.
Es en este punto donde quisiera
hablarles de un texto sobre el que siempre vale la pena volver, que pese a
haber aparecido hace más de treinta años mantiene la vigencia intacta. Me
refiero al Elogio de la dificultad de
Estanislao Zuleta, continente de una sustancia intelectual que nos invita a abandonar
el actuar facilista en el campo social a partir de asumir la responsabilidad
por el propio ser. Un texto que ilustraría bastante bien a la clase política y
a la ciudadanía de a pie sobre algunas de esas actitudes que, a pesar de ser
tan cómodas, hacen tanto mal a una sociedad.
Pero volvemos al punto que antes mencioné.
En palabras de Zuleta, “en lugar de desear una filosofía
llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global,
capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o
por caudillos que desgraciadamente sí han existido”. Suponiendo que
usted es uno de aquellos escasos seres dispuestos a sacudirse el velo, amantes
de cuestionarse a sí mismos y mirar críticamente el entorno, lo invito a acercarse
al Elogio de la dificultad.
Para
empezar, el texto nos pone de manifiesto un problema fundamental en nuestro anhelo
de felicidad. Deseamos mal. Queremos una sociedad en la que la abundancia se
perciba de manera espontánea, sin esfuerzos, más que una sociedad realizable
que exige una trabajo constante para hacerla benévola. En todo caso pasamos por
alto la necesidad de tener en cuenta al otro, en sus diferencias, dentro de los
proyectos con los que buscamos satisfacer nuestros deseos, y, como resultado de
esa ligereza, terminamos en dos posiciones límite.
La
primera, la asunción de una doctrina, de una ideología absoluta y dogmática que
pretende someter la realidad al ideal valiéndose casi siempre de medios
terroríficos. Cuando se asume una concepción paranoide de la verdad (una verdad
profética), quien piensa distinto es considerado un peligro, se le interpreta a
la manera totalitaria de “el que no está conmigo, está contra mí, y el que no
está completamente conmigo, no está conmigo”. Esto a la final trae una
sentencia de aniquilación contra lo que no va acorde con el grupo, contra los
opositores y diferentes: contra el enemigo.
Y la otra posición límite es la
completa desidealización en la que tampoco tienen ya cabida, por caerse en el
extremo del pesimismo, el escepticismo y el realismo cínico, no tienen cabida, como decía, los
cuestionamientos y la crítica a una sociedad injusta. En este caso, Estanislao
Zuleta escribe: “a la desidealización sucede el
arribismo individualista que además piensa que ha superado toda moral por el
sólo hecho de que ha abandonado toda esperanza de una vida cualitativamente
superior”.
El texto nos invita a
renunciar a las cadenas del facilismo que tanto amamos, y a comprometernos, definitivamente,
en una búsqueda alternativa de la felicidad que reconozca la necesidad de un
arduo trabajo. La dificultad esencial está en incluir dentro de ese proyecto el
sentido del respeto, la reciprocidad y la tolerancia. Sí, tal vez si los
políticos de turno y nuestra sociedad civil se entregaran a la tarea del
pensamiento, a reflexionar sobre estos asuntos, nuestra realidad sería otra.
Aquí el link del texto El elogio de la dificultad: http://www.elabedul.net/Documentos/Temas/Literatura/Elogio_de_la_dificultad.pdf
ResponderEliminarSeñor Andrés, felicitaciones por dos cosas:
ResponderEliminar1. Me gustó mucho el artículo ya que propone una tarea obligada para todo aquel que sueña con un mundo mejor, y es la lucha de la "utopía", entendiéndose esta palabra como "un imposible temporal", tarea que no ha sido fácil.
2. Ofrecer un espacio como estos, es enriquecedor tanto para quienes se atreven a hacerlo como para quienes se acercan a leerlo.