miércoles, 15 de agosto de 2012

EXCENTRICIDAD SANITARIA

Por Alejandro Arcila Jiménez
Ese lugar sagrado al que va el rey y el mendigo, ahí donde todos los seres humanos se han sentado al menos una vez en su vida, es más, con casi toda seguridad: una o dos veces por día. El lugar más íntimo, el trono de tronos, la cúspide de la tecnología y la técnica, el asiento más importante de la casa y por el que hasta vale la pena pelear de vez en cuando con los hermanos: El sanitario.

Alguna vez leía, sobre sanitarios y la importancia de estos en la cultura, algo como, “cuántas ideas geniales de la humanidad se habrán ocurrido en este lugar” y la anotación es muy válida, el sanitario es el lugar donde uno tiene más tiempo para pensar, más calma, más tranquilidad; es el único lugar verdaderamente íntimo que existe en la casa, ni las habitaciones donde se duerme consiguen llegar a este grado de intimidad que le brinda a uno el cuarto de baño y el indispensable inodoro. Sin embargo no se detuvieron mucho a pensar un aspecto que el sanitario revolucionó completamente, la cultura no es la misma desde que dejamos de cagar en la tierra y comenzamos a cagar en sanitarios, la diferencia es mucha; y es que importante es notar que cualquier invento que se introduzca de manera generalizada en una sociedad termina afectando completamente la dinámica social, no era lo mismo hacer del dos hace 5000 años que hace 50. Y el cambio más notable que el inodoro produjo en la sociedad fueron las extensas generaciones que se criaron intelectualmente, o que sólo se entretuvieron, en el sanitario, a cuenta de la lectura de revistas, de libros, de folletos, de advertencias de uso de los tarros de champú por detrás y ahora de tabletas y computadores portátiles (la tecnología de nuestra era hace aún más productivo este sitio, permitiéndonos llevar todo el mundo al lugar donde defecamos, siempre que poseamos una buena red Wi-Fi y los recursos para acceder a un dispositivo móvil).

Muchos podrán pensar que el sanitario no implica mayor cosa en el mundo de la literatura, sin embargo se equivocan, después de que el sanitario, tal como lo conocemos, fuera introducido, el mundo de los lectores se partió en dos: los que leen mientras popan y los que no. Nótese, también, que he tratado de utilizar varias expresiones diferentes para decir la misma cosa, para hacer ver cuánta riqueza en el lenguaje nos ha dejado la mierda y la forma como la depositamos en el escusado, notorio es que existen en nuestro idioma muchísimas formas de denominar la acción de ir al baño a expeler los excrementos humanos, desde el inofensivo “popar”, hasta el más agresivo –y divertido de todos– “Cagar” y también resulta importante notar que el lugar donde lo hacemos tiene igual cantidad de nombres: sanitario, inodoro, baño (aunque sea un poco incorrecto), poceta, escusado y hasta “excusado” se ha escuchado por ahí, debe ser en la medida en que su trabajo es tan loable que debemos perdonarle cualquiera que nos haga, desde no vaciar porque la cadena esté rota, hasta atascarse, inundarse y derramar ese líquido que ya no podríamos llamar agua (cosa que, por supuesto, sucede con mayor frecuencia en casas ajenas que en propias).

Sin embargo lo importante no es eso, lo importante es saber que el sanitario ha revolucionado la humanidad y la lectura; desde el Lord Chesterfield que según se dice disfrutaba del placer de la lectura “sanitaria” ya en el siglo XVII, hasta Henry Miller, consagrado lector de baño, y que, según él mismo, leyó la maravillosa –y larguísima, por cierto– obra de Joyce “el Ulises”, incluso, a propósito de esta obra magna de la literatura, decía Miller que no podía disfrutarse cien por ciento sino sentado en el trono. Sospecho yo, por el tamaño del libro, que durante ese tiempo Miller debió entrar unas cuatro o cinco horas por día al baño a leer. Ian Sample, publicó hace algún tiempo un artículo en el que hablaba justo del tema y del estudio que realizó Ron Shaoul sobre la reconocida práctica, estudio en el que se concluyó que el 64% de los hombres y el 41% de las mujeres leen en el baño.

Y es que leer en el baño es un placer tan único que no puede encontrarse ninguna figura literaria que logre expresarlo, no hay comparación alguna que alcance el nivel de leer en el baño, incluso me atrevería a decir que con el único adjetivo comparable es con el “mejor”, y de hecho constantemente hago exageraciones del tipo: “eso es mejor que leer cagando” pero siempre que lo digo lo hago en exageración, teniendo en cuenta que no hay placer comparable con este, ni el sexo, ni escuchar Shine on you crazy diamond de Pink Floyd, ni “diez mil pesos en mecato” como diría algún amigo en una ocasión. No, leer en el sanitario es la cima de los placeres humanos, para mí, claro está, no vaya ser que vengan a decirme que después de experimentar padecieron el común entumecimiento de los miembros inferiores y que la experiencia no les pareció tan maravillosa y que por eso soy yo un mentiroso. Sabido es que los placeres son tan propios como como los sentimientos, hay gente que siente placer, por ejemplo, con el dolor propio o el ajeno y existen muchos más placeres exóticos que son de cada quien, placeres de los que no vale la pena hablar; al fin y al cabo uno habla no más de lo que le interesa y a mí me interesa sólo que alguna vez en la vida, alguno de mis lectores –si es que algún día tengo uno– me confiese que disfruta leyéndome en el “gran aposento”.

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