Por Andrés Álvarez Arboleda
En
las discusiones sobre el matrimonio y la adopción de menores por parte de
parejas del mismo sexo, la Iglesia Católica se ha comportado como un parásito
del sistema moral. Esto es, ha justificado gran parte de su discurso apelando a
la moralidad sin observar que las exigencias morales son recíprocas, y por
tanto, que no es válida la pretensión de obtener un beneficio de la moral sin
asumir las cargas que impone.
Partamos
de la primera forma de parasitismo; la Iglesia Católica ha intentado mostrarse
como faro y custodio universal de la moral. Aunque normalmente se ha entendido
que las autoridades religiosas son la fuente natural del sistema moral, esto es
un error. La moral tiene su ámbito en la autonomía de la persona y rechaza toda
mediación de autoridades o apremios en el actuar humano; además, es una
construcción social que desborda cualquier religión particular. Todos los seres
humanos, sin importar si tenemos alguna afinidad religiosa o no, estamos
sujetos a unos parámetros de conducta que nos permiten vivir como seres
sociales.
Miremos dos ejemplos. En el comunicado que distintas iglesias cristianas
presentaron a la Corte Constitucional para oponerse al matrimonio homosexual,
manifestaron que estaban defendiendo los “valores éticos de la patria” apoyados
por los feligreses y ciudadanos de “buena voluntad”. Lo mismo ocurre en un
planteamiento de monseñor José Vicente Córdoba, secretario de la Conferencia
Episcopal de Colombia, en el que hace un reproche a la Corte por modificar la
Constitución como “fruto de una ideología contraria al orden natural, a la dignidad auténtica de la persona humana”,
además, por ir en contravía de “los auténticos valores que dignifican a la
persona humana y contribuyen al progreso de la sociedad”.
Estas citas del discurso que ha mantenido la
Iglesia Católica muestra que la posición de esta institución religiosa viene
siendo la misma que ha mantenido durante siglos, es decir, una posición
dogmática y sectaria que se atribuye la posesión de las verdades absolutas
sobre lo humano y lo divino, y que radicalmente se opone a los planes de vida y
libertad legítimos que profesan otras visiones del mundo. Según lo que plantean
desde su perspectiva oficial, la Iglesia Católica es la que conoce cuál es la
esencia del orden natural, cuáles los valores auténticos y cuál debe ser el
rumbo de la sociedad; o si lo decimos de otro modo, que su concepto particular del mundo es
el que se debe universalizar como un postulado moral. También me surge una pregunta: ¿será que quienes
consideramos que a todos los seres humanos se les debe permitir desarrollar su
personalidad libremente y en un plano de igualdad, somos ciudadanos de “mala
voluntad”?
Una segunda forma de parasitismo moral
intenta dotar de un revestimiento de moralidad, de una apariencia de bondad, a
enunciados inmorales. En el discurso de monseñor Córdoba, que es la voz autorizada
de la Iglesia para pronunciarse sobre el tema, constantemente aparece
la alusión a la ausencia de todo tipo de discriminación. Según él, discriminar
sería que los homosexuales no tengan los “derechos a vivir juntos, a hacer el
mercado juntos, […] inclusive a lo que ya se les aprobó, a tener leyes que los
favorezca”; para el secretario de la Conferencia Episcopal de Colombia, un acto
de discriminación sería obligar a los niños a tener una pareja de homosexuales
como padres.
A mí esas palabras, tengo que decirlo, no me
causan otro sentimiento que una profunda indignación. En primer lugar, me
parece una grandísima muestra de hipocresía porque él mismo, José Vicente
Córdoba, mantuvo una radical oposición a que se les reconocieran los derechos
que él menciona. Se opuso al fallo que les otorgó el derecho a heredar las
pensiones por no considerarlos una familia sino meros “amigos viviendo juntos”
y a la figura similar al matrimonio que la Corte ordenó crear, por citar dos
ejemplos. Y en segundo lugar, me produce indignación porque al plantear que se
discrimina a los niños al obligarlos a tener padres homosexuales, se introduce
una premisa implícita: “ser homosexual es malo”. O si no, ¿por qué no es malo
obligarlos a tener padres heterosexuales?
La cruzada emprendida por la Iglesia en
contra del reconocimiento de ciertos derechos para los homosexuales, justificada
en premisas como ésta, no es más que una conducta discriminatoria: la razón por
la cual se les excluye de esos derechos es la condición de homosexualidad, una
condición como lo es la raza, la nacionalidad, el género, la edad, etc. Y, sin
duda, la discriminación es inmoral; la moral exige que extendamos las
consideraciones morales a todos los seres humanos sin importar su condición.
Andrés:
ResponderEliminar1. Un texto fluido en su forma, con argumentos y objetivos de base que alcanzas a desarrollar, particularmente entretenido y sin restarle importancia a lo que allí refieres.
2. Como cualquier ciudadano o institución, la iglesia católica puede velar por sus intereses, el asunto es si estos están abiertos a la discusión y reflexión. Las instituciones de este país que se dice llamar laico, deben representar entes que inviten a la racionalización, la escucha, integración, análisis de aquella discusión, para mí no es lamentable escuchar al sacerdote abordando la situación de esa manera ya que lo que él intenta afirmar no es más que siglos de creencias y dogmatismos. Lo que realmente lamento, es la falta de diligencia en las instituciones, su capacidad de acción y respuesta y el compromiso por sus ciudadanos, un compromiso de inclusión y equidad que cada vez se observa más lejano. La iglesia como parasito no sólo de la moral, sino de lo humano.
Esto me dejo pensando en algo:
ResponderEliminar¿Habrá alguna moral que no sea institucionalizada? Y esto porque desconozco la razón por la cual la religión se pone en el lugar de moral y de verdad. Si la iglesia es un parasito de la moral, de qué está pegada, a qué se aferra y de qué se alimenta. Mi hipótesis es que quienes la ponemos ahí somos nosotros mismos porque así lo demandamos, entonces es en este punto cuándo volvemos al inicio de todo, lo social, el sujeto. El problema (en caso que lo hubiera) no es la iglesia y menos que se ufane de la moral, el problema en sí es la exclusión social.
La moral al ser una institución social suele ser muy a menudo instrumentalizada por las instituciones como la Iglesia, pero esta realidad no nos puede impedir ir mas allá de nuestros propios intereses, se trata de ser recíprocos, de ser coherentes con nuestros ideales, ya que si se trata de respetar a todas las personas en razón a su calidad humana no hay lugar a la discriminación y menos por el sexo. Lastimosamente Colombia es un país aún muy "negado" a ver los cambios y evoluciones sociales, pero pese a todo no podemos negarnos el camino a la reflexión.
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