domingo, 29 de abril de 2012

LA DESHUMANIZACIÓN DEL PENSAMIENTO

Por Andrés Álvarez Arboleda
Martin Heidegger lanzó la siguiente aseveración: «La falta de pensamiento es un huésped inquietante que en el mundo de hoy entra y sale por todas partes». El hombre, según el filósofo, venía siendo víctima de la imposibilidad de pensar reflexivamente y de la arremetida de los nuevos instrumentos técnicos de la información.

Eso fue en una conferencia pronunciada en 1955, época en la que los medios masivos de comunicación eran apenas insipientes; cuando ningún visionario podía prever la era de Facebook y Twitter. De ahí que no pueda dejar de imaginarme qué podría decir de nuestro mundo de la segunda década del siglo XXI, planeta del BlackBerry. El ritmo de vida nos acorta el tiempo para pensar, la dependencia tecnológica y sus distracciones hacen de nuestras reflexiones superficiales, y la impersonalidad de los medios de comunicación nos aleja del otro.

Desde el siglo XX, venimos siendo presa de una paradoja: llegamos a un nivel de desarrollo tecnológico y científico que nunca hubiéramos podido imaginar, sin embargo, nunca habíamos estado tan cerca de fracasar como especie. Estamos acabando con las condiciones ambientales mínimas para nuestra supervivencia, hemos venido protagonizando los actos de barbarie más impresionantes de la historia, y lo peor, nos estamos deshumanizando. ¿Qué ocurrió entonces? Abandonamos la tarea de reflexionar meditativamente sobre lo que hacemos, dejamos de preguntarnos por el sentido de las cosas.

Sin duda, en la esfera científica, sabemos muy bien que para conseguir tal resultado necesitamos introducir tales variables, que un fenómeno se ocasiona en unas causas específicas. A este tipo de pensamiento lo llama Heidegger el pensamiento calculador, un nivel de pensamiento ampliamente abordado por el ser humano; no obstante, en este punto no se cuestiona el sentido de lo que estamos haciendo y aceptamos que el método que utilizamos es una herramienta infalible. Como en una religión, partimos de verdades absolutas.

Con esto no estoy diciendo que esté mal presuponer algunas ficciones de verdad; si no lo hiciéramos, no tendríamos ningún punto de partida para desarrollar los conocimientos humanos. Lo que sí está muy mal es que no hemos acompañado el pensamiento calculador de un pensamiento reflexivo que permita indagar sobre el sentido, sobre el lugar que nuestro objeto de estudio ocupa en el todo. No es cosa vana. Prescindir del pensamiento reflexivo ha tenido grandísimas consecuencias en la humanidad.

Se viene a mi cabeza el caso de los proyectos atómicos. Muchos de los científicos más grandes de la época, premios Nobel, participaron en la carrera de alcanzar el desarrollo de la bomba atómica. Algunos en el proyecto aliado y otros en el proyecto alemán, pero todos justificando su actuación en el nombre de la ciencia y escudándose bajo la consigna de que los físicos sólo tratan temas científicos y no políticos. Hicieron un despliegue maravilloso del pensamiento calculador pero les falló el pensamiento reflexivo. Consecuencia: alrededor de 400.000 vidas humanas aniquiladas en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, niños, estudiantes, taxistas, ancianos, científicos, comerciantes, profesores, amas de casa, obreros, gente que nada tenía que ver con la guerra.

Un par de años más tarde, en un encuentro de titulares del premio Nobel en la isla de Mainau, entre los que se encontraban algunos de los que participaron directa o indirectamente en el proyecto atómico, proclamaron: «La ciencia –o sea, aquí, la ciencia natural moderna– es un camino que conduce a una vida humana más feliz». ¿Qué opinión merece esta declaración?

Nuestro filósofo, Heidegger, nos dice: «¿Qué hay de esta afirmación?¿Piensa alguna vez en pos del sentido de la era atómica? No. En el caso de que nos dejemos satisfacer por la citada afirmación respecto a la ciencia, permanecemos todo lo posible alejados de una meditación acerca de la época presente. ¿Por qué? Porque olvidamos reflexionar.»

Metodológicamente es apropiado descomponer la realidad para su estudio, pero no podemos perder de vista que la realidad es una a pesar de que sus interpretaciones pueden ser tan variadas como personas vivas hay en la tierra. Uno no puede decir sensatamente que actúa exclusivamente en el ámbito científico y que no le debe importar lo que pase con las consecuencias sociales, ambientales y políticas de su actuación. Todos estamos incluidos en la realidad social y somos responsables de lo que ocasiona lo que hacemos en el entorno. El desarrollo científico y tecnológico irreflexivo, en muchas ocasiones, más que contribuir al beneficio humano ha puesto en peligro la supervivencia de toda la especie. ¿Qué hubiera pasado si la guerra fría hubiera desembocado en una guerra nuclear? 

Pero no se trata de renunciar a la ciencia, todo lo contrario, debemos abogar por una expansión del conocimiento científico en la mayor medida posible; sin embargo, ese crecimiento sólo se logrará si incluimos el pensamiento reflexivo en la labor científica, es necesario cuestionar el paradigma desde la filosofía, humanizar la ciencia para evitar que atente contra nuestra especie. 

Recuerdo a Carl Sagan como uno de esos científicos que nunca abandonaron una perspectiva humanista; su activismo fue constante en evitar una guerra nuclear y presionó para que una de las sondas Voyager volviera sus lentes hacia la tierra y la fotografiara desde los confines del sistema solar: actuaciones que no tienen ningún valor científico, pero todo el valor humano.

1 comentario:

  1. La preocupación ya viene desde hace mucho, y hasta hay teorías que afirman que el ser humano alcanzara un nivel de vida tan técnico, que en el futuro su única función sera el de mantener bien a la máquina... Efectivamente como aquí se afirma, el papel reflexivo es el que se tiene que recuperar, es fundamental no echar a un lado la parte humana del conocimiento y mucho menos separarla de lo científico.

    Eso si puedo afirmar, que desde mi área, la pedagogía, esa pregunta ya se viene trabajando hace tiempo, y ya se están empezando a trazar planes de acción que replantean el papel de la escuela y el maestro, quienes si pensamos profundamente, son los primeros responsables en iniciar en el mundo de la complejidad... Ya la escuela no puede ni va a ser un centro donde se enseñan verdades; a futuro, la escuela se volverá un centro de filosofía, donde el humano aprenderá a dudar.

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