domingo, 13 de mayo de 2012

EL CONOCIMIENTO DEL YO COMO MEDIO PARA REGENERAR EL MUNDO

Por Julián Daniel Acosta Gómez
"Me he interesado en pensar; si hay una des-humanización del pensamiento ¿Cómo podría definirse, su anverso? ese revés tan necesario en nuestros tiempos" 

El concepto mundo es una elaboración generada para el momento en que el individuo se apropia de  un entendimiento sobre su contexto físico, mental y metafísico. Pero este concepto no se mantiene por sí solo ni de una forma estática, él mismo se alimenta, se mueve, se construye y se de-construye  en situaciones que podríamos llamar comunicativas, pero más rigurosamente, sociales. Obviamente el mundo al cual aludo es una construcción propia del sujeto, intransferible, lograda por la relación de su lenguaje (forma en la cual un hombre aprehende su contexto, lo elabora y lo comunica) con el mundo físico que él habita y el mundo de las ideas que lo habita a él como sujeto creador. Pero como brevemente he mencionado ya, estos mundos que todos creamos se interrelacionan generando lo que conocemos popularmente como realidad; o según W. Iser, colectivo imaginario, donde se entiende que lo imaginario y lo ficticio no obedece a la acepción de falsedad o fantasioso sino que significa, de fenomenológica, todo producto de la mente del hombre, es decir, todo mundo.

¿Qué importancia tendría dilucidar algo como lo anterior en este preciso momento en la vida de la humanidad?  ¿Para qué acceder a este tipo de preguntas por el conocimiento en un momento donde todo ya está instituido y donde la gran mayoría olvidan su Yo (su mundo) para vivir el Yo de otros?

A lo anterior respondería con orgullo que el hombre necesita recordar dónde nace el conocimiento: que es en el principio de la individualidad intelectual donde radica el valor intrínseco de la Humanidad. O si no es así, ¿para qué los hombres hemos sido dotados con conciencia?  El conocimiento de su propio mundo, la elaboración de sí mismos y el reconocimiento de sí mismos presupone una actividad revolucionaria por excelencia puesto que se está filtrando el imaginario colectivo por medio de los canales de la lógica propia del mundo interior que cada uno elabora. El conocimiento de sí mismo es el principio de la sabiduría y, por lo tanto, el comienzo de la transformación o regeneración. El conocimiento de nosotros no puede dárnoslo nadie ni habrá de hallarse en libro alguno. Consiste en verse de instante en instante en el espejo de la convivencia, en ver la propia relación con los bienes, las cosas, las personas y las ideas.

Para dar con el conocimiento de sí mismos no hace falta saber detalladamente los accidentes antropológicos ni los cataclismos metafísicos que se desarrollan o se podrían desarrollar en nosotros; para conocernos, debemos creer en nosotros, en el sentido de tener la certeza de nuestra existencia por el mero hecho de ser capaces de tracender sobre la realidad por medio de nuestras ideas: “cogita ergo sum” (pienso luego existo)  René descartes. La comprensión fundamental de sí mismo no llega mediante el conocimiento o la acumulación de experiencias; eso es sólo cultivo de la memoria. La comprensión de sí mismo es de instante en instante; y si únicamente acumulamos conocimiento del “yo”, es ese conocimiento lo que impide una comprensión más amplia puesto que nuestro mundo se debe alimentar de otros mundos para acercarse al difícil camino de la verdad. El conocimiento y la experiencia acumulados, en efecto, llegan a ser el centro mediante el cual el pensamiento enfoca y desarrolla su existencia.

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