miércoles, 5 de diciembre de 2012
LOS PATRIOTEROS
Por Andrés Álvarez Arboleda
Yo no creo que lo más grave haya
sido, para los colombianos, perder los derechos marítimos que la Corte
Internacional de Justicia entregó a Nicaragua: lo que sí me parece
verdaderamente grave es que entre todo ese sentimiento de patriotismo fantoche
y de nacionalismo vergonzante, nos estén invitando a perder los escrúpulos. Y
no es que los colombianos seamos por naturaleza escrupulosos en el sentido más
técnico de la palabra, es decir, que nos detengamos a pensar sobre la
corrección o justicia de nuestros actos; pero las posiciones que han aparecido en
contra del fallo de la Haya están rayando en la barbarie.
El uribismo fue el primero en
darse golpes de pecho y entregarse con más ahínco a la tarea de agitar a las
masas, con su tono típicamente populista, clamando por que se desacate la
decisión de una corte a cuya jurisdicción se sometió Colombia en virtud de una
serie de instrumentos de derecho internacional concebidos para erradicar, o por
lo menos para restringir definitivamente, la guerra como mecanismo de solución
de conflictos. Este llamado a defender la soberanía colombiana sobre el mar
hasta las últimas consecuencias es una exhortación a las vías de hecho, a
asumir, si es necesario, la acción bélica que con la suscripción de dichos
tratados y la creación de organismos como la Corte Internacional de Justicia se
quería prevenir. Y la guerra, como lo he sostenido en varios de mis artículos,
nunca da la razón a quien tiene los mejores argumentos sino al que se encuentra
en mejores condiciones de aniquilar al otro.
Por supuesto, no me sorprende
que este grupo sea el que más asiduamente proponga el desacato del fallo: al
fin y al cabo, todo su proyecto político está asentado en un discurso
militarista de la seguridad y el orden público. Pero aún hay una razón que pesa
más para que hayan asumido tal posición. En el resultado del fallo, encontraron
la coyuntura perfecta para cohesionar el pensamiento de gran cantidad de
personas bajo sus idearios políticos valiéndose de la exaltación de sentimientos
de grupo como el nacionalismo. No desaprovecharon la ocasión de salir a marchar
y asumir la pose de “adalides del patriotismo” que les diera la autoridad de
señalar al Gobierno de insubordinado e incompetente en salvaguardar las
pretensiones, por cierto mesiánicas, de “continuar el camino” y salvar al país
de la “hecatombe”.
En esta estrategia no hay nada
de nuevo. A lo largo de la historia, la forma más efectiva de manipular a la
gente de un país para que se adhiera a un objetivo determinado ha sido apelar
a asuntos sensibles que despierten los sentimientos de masa: cuántas guerras
internacionales y cuántos enemigos comunes se han inventado para que funcionen
como cortinas de humo y como forma de cohesionar una nación. El ejemplo más
claro nos lo dio la historia cuando Hitler, para conseguir alinear a casi toda
la población alemana bajo su proyecto, presentó a la raza judía como el enemigo
común. ¿Será que en el levantamiento contra la “injusticia” del tribunal o en
una pugna contra Nicaragua encontraron esa causa común que logre alinear a la
“nación colombiana”(en las urnas)?
Debo decir que me asombró fue la
rapidez de estos “adalides del patriotismo” para calificar el fallo de
ridículo, arbitrario y antijurídico cuando ni siquiera todo el equipo de
expertos designado por el Gobierno lo ha terminado de estudiar. A mí esto no
me deja de oler al más descarado de los oportunismos, al oportunismo patriotero.
En todo caso, desacatar el fallo
no es una opción sensata. Que se comience a aceptar la práctica de atender las
decisiones jurídicos del sistema internacional sólo en la medida en que sean
beneficiosas, sería un retroceso de inmensas proporciones en la meta de llegar
por vías civilizadas a la resolución de los desacuerdos y se terminaría de
imponer la ley del más fuerte. Es cierto que hay una gran lista de Estados que
han desconocido los fallos y la jurisdicción de distintos órganos como la Corte
Internacional de Justicia, pero esta razón no confiere ninguna validez para que
el Gobierno haga lo mismo. Todo lo contrario: muchos de esos países infractores,
mírese el caso de Estados Unidos o Israel, son tristemente célebres por su
brutalidad y doble moral en los temas internacionales. Además, yo no creo que
la misma disposición de incumplir el fallo, por injusto que fuera, la
mantendríamos si el litigio no se hubiera desarrollado contra un país pequeño
como Nicaragua sino contra un Estado en posición de superioridad armamentística
y militar como China o Reino Unido.
Ya fue suficientemente
vergonzosa la decisión del Gobierno de retirarse del Pacto de Bogotá, como dijo
el columnista Antonio Caballero, Colombia con esta acción demostró sus modales
de “matón de barrio” cuando ya la leche estaba derramada. También me uno a la
voz de Alejandro Arcila al preguntarse qué legitimidad puede tener un Estado
para someter a los ciudadanos a su sistema de justicia cuando él mismo se
niega a aceptar las decisiones jurídicas que lo vinculan.
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Estoy de acuerdo: "En esta estrategia no hay nada de nuevo. A lo largo de la historia, la forma más efectiva de manipular a la gente..."
ResponderEliminarY como hay terminado esas "revoluciones"????
Andrés muy buena la columna, completamente de acuerdo. Por más adversas que sean las decisiones judiciales debemos respetarlas. Nuestros "gobernantes", persiguiendo la popularidad que puede despertar el patriotismo, hacen cada vez más difícil que la cultura de la legalidad pueda tener algún asidero, a gran escala, en Colombia.
ResponderEliminarPor supuesto; y eso no quiere decir que no podamos manifestar nuestro desacuerdo con el fallo ni agotar todas las vías jurídicas y diplomáticas posibles. Este no es un artículo a favor del fallo, sino un llamado a examinarlo desde la cordura.
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