Ese lugar sagrado al que va el
rey y el mendigo, ahí donde todos los seres humanos se han sentado al menos una
vez en su vida, es más, con casi toda seguridad: una o dos veces por día. El
lugar más íntimo, el trono de tronos, la cúspide de la tecnología y la técnica,
el asiento más importante de la casa y por el que hasta vale la pena pelear de vez
en cuando con los hermanos: El sanitario.
Alguna vez leía, sobre sanitarios
y la importancia de estos en la cultura, algo como, “cuántas ideas geniales de
la humanidad se habrán ocurrido en este lugar” y la anotación es muy válida, el
sanitario es el lugar donde uno tiene más tiempo para pensar, más calma, más
tranquilidad; es el único lugar verdaderamente íntimo que existe en la casa, ni
las habitaciones donde se duerme consiguen llegar a este grado de intimidad que
le brinda a uno el cuarto de baño y el indispensable inodoro. Sin embargo no se
detuvieron mucho a pensar un aspecto que el sanitario revolucionó
completamente, la cultura no es la misma desde que dejamos de cagar en la
tierra y comenzamos a cagar en sanitarios, la diferencia es mucha; y es que
importante es notar que cualquier invento que se introduzca de manera
generalizada en una sociedad termina afectando completamente la dinámica
social, no era lo mismo hacer del dos hace 5000 años que hace 50. Y el cambio
más notable que el inodoro produjo en la sociedad fueron las extensas generaciones
que se criaron intelectualmente, o que sólo se entretuvieron, en el sanitario,
a cuenta de la lectura de revistas, de libros, de folletos, de advertencias de
uso de los tarros de champú por detrás y ahora de tabletas y computadores
portátiles (la tecnología de nuestra era hace aún más productivo este sitio,
permitiéndonos llevar todo el mundo al lugar donde defecamos, siempre que
poseamos una buena red Wi-Fi y los recursos para acceder a un dispositivo móvil).
Muchos podrán pensar que el
sanitario no implica mayor cosa en el mundo de la literatura, sin embargo se equivocan,
después de que el sanitario, tal como lo conocemos, fuera introducido, el mundo
de los lectores se partió en dos: los que leen mientras popan y los que no. Nótese,
también, que he tratado de utilizar varias expresiones diferentes para decir la
misma cosa, para hacer ver cuánta riqueza en el lenguaje nos ha dejado la
mierda y la forma como la depositamos en el escusado, notorio es que existen en
nuestro idioma muchísimas formas de denominar la acción de ir al baño a expeler
los excrementos humanos, desde el inofensivo “popar”, hasta el más agresivo –y divertido
de todos– “Cagar” y también resulta importante notar que el lugar donde lo
hacemos tiene igual cantidad de nombres: sanitario, inodoro, baño (aunque sea
un poco incorrecto), poceta, escusado y hasta “excusado” se ha escuchado por
ahí, debe ser en la medida en que su trabajo es tan loable que debemos
perdonarle cualquiera que nos haga, desde no vaciar porque la cadena esté rota,
hasta atascarse, inundarse y derramar ese líquido que ya no podríamos llamar
agua (cosa que, por supuesto, sucede con mayor frecuencia en casas ajenas que
en propias).
Sin embargo lo importante no es
eso, lo importante es saber que el sanitario ha revolucionado la humanidad y la
lectura; desde el Lord Chesterfield que según se dice disfrutaba del placer de
la lectura “sanitaria” ya en el siglo XVII, hasta Henry Miller, consagrado
lector de baño, y que, según él mismo, leyó la maravillosa –y larguísima, por
cierto– obra de Joyce “el Ulises”, incluso, a propósito de esta obra magna de
la literatura, decía Miller que no podía disfrutarse cien por ciento sino sentado
en el trono. Sospecho yo, por el tamaño del libro, que durante ese tiempo
Miller debió entrar unas cuatro o cinco horas por día al baño a leer. Ian Sample,
publicó hace algún tiempo un artículo en el que hablaba justo del tema y del
estudio que realizó Ron Shaoul sobre la reconocida práctica, estudio en el que
se concluyó que el 64% de los hombres y el 41% de las mujeres leen en el baño.
Y es que leer en el baño es un
placer tan único que no puede encontrarse ninguna figura literaria que logre
expresarlo, no hay comparación alguna que alcance el nivel de leer en el baño,
incluso me atrevería a decir que con el único adjetivo comparable es con el “mejor”,
y de hecho constantemente hago exageraciones del tipo: “eso es mejor que leer
cagando” pero siempre que lo digo lo hago en exageración, teniendo en cuenta
que no hay placer comparable con este, ni el sexo, ni escuchar Shine on you
crazy diamond de Pink Floyd, ni “diez mil pesos en mecato” como diría algún
amigo en una ocasión. No, leer en el sanitario es la cima de los placeres
humanos, para mí, claro está, no vaya ser que vengan a decirme que después de
experimentar padecieron el común entumecimiento de los miembros inferiores y
que la experiencia no les pareció tan maravillosa y que por eso soy yo un
mentiroso. Sabido es que los placeres son tan propios como como los
sentimientos, hay gente que siente placer, por ejemplo, con el dolor propio o
el ajeno y existen muchos más placeres exóticos que son de cada quien, placeres
de los que no vale la pena hablar; al fin y al cabo uno habla no más de lo que
le interesa y a mí me interesa sólo que alguna vez en la vida, alguno de mis
lectores –si es que algún día tengo uno– me confiese que disfruta leyéndome en
el “gran aposento”.
Ojalá alguien lea Opinión a la Plaza desde el sanitario
ResponderEliminar