¿Es
usted feliz? Porque si no lo es algo en usted puede estar mal. Usted tiene todo
para ser feliz, al menos así lo señalan los libros de superación personal; sin
embargo, no se angustie sino no lo es, siga las siguientes recomendaciones y
verá que algo en usted cambiará. Piense en positivo y dígase frases igualmente
positivas, eso hace que el mundo sea un mejor lugar. Aquello que las personas
le dicen sólo tome lo positivo, haga oídos sordos a lo malo, usted tiene la
capacidad para el éxito. Disfrute de la soledad. Acepte a quien le rodean y
acéptese usted mismo, ámese pero sin dejar de preocuparse por cómo se ve, ya
que usted tiene que ser agradable y presentable para los demás. Cuide su cuerpo
como un templo y su salud mejorará, sólo quienes se cuidan serán realmente
bellos y vivirán más tiempo. Usted puede ser siempre joven, activo, bello y
deseable. ¡La felicidad es ahora!
Ahora
bien, estas recomendaciones se deben cumplir de manera permanente, toda la
vida. No obstante, vale la pena cuestionar si seguir estas prácticas nos hacen
felices o será que la idea es construir una felicidad, que se pospone y que no
se sabe cuándo se experimentara, ¿será en la otra vida como a modo cristiano?
Los libros de autoayuda realizan afirmaciones para todo lector, pero ¿son
realmente aplicables estas recomendaciones para todas las personas?
El
hombre de hoy, más que ser feliz pretende estar feliz de manera momentánea,
comprando, comiendo, teniendo sexo y sentado viendo televisión mientras se pone
dispositivos para ejercitarse, con la ley del menor esfuerzo. Y no es que
critique que los sujetos quieran ser felices, ya que al parecer esta “es una
ley natural del corazón humano” (Bruckner, 2001) y es tan determinante que
Freud lo señala como la pretensión central en la vida de los sujetos, “alcanzar
la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla” (Freud, 1998). Por lo que no es
extraño que la declaración de independencia norteamericana, lo nombre como uno
de los derechos inalienables: “la vida, la libertad y la búsqueda de la
felicidad”, pero ha de estar tranquilo aquel sujeto que no la busque, ya que en
la sociedad tecnificada hay fórmulas para la felicidad e incluso para descifrar
lo humano. La felicidad como deseable debe ser para todos, y gracias a los
avances de la química se encapsulo la felicidad instantánea para que no tenga
que seguir protocolos ni recomendaciones. Claro está, estos químicos supuestamente
garantizan la no potencial dependencia ni efectos secundarios, situación que si
aparece con el alcohol y otros químicos.
Dice
Freud que:
“La vida, como nos
es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas
insolubles. Para soportarla, no podemos prescindir de calmantes. Los hay,
quizá, de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco
nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas, que la reduzcan, y sustancias
embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas.” (Freud, 1998)
Y
siguiendo estos lineamientos, la sociedad proporciona partidos los domingos
para que el pueblo se entretenga, alegrías por el Grammy de Shakira y
sustancias cada vez más tecnificadas. El desarrollo científico ha permitido
descifrar en qué zonas del cerebro se producen las denominadas emociones*
negativas como la ira, el miedo, la repugnancia y sobre todo la tristeza; todas
emociones que sólo nos place sentirlas en los cines o virtualmente, pero no en
la realidad, quizá en algún momento haremos que sólo funcionen la alegría y la
sorpresa, emociones realmente gratificantes y en las cuales esta edificado
nuestra cultura occidental.
El
imperativo hoy es manifestar alegría a quienes nos rodean, ser felices. Pero la
formula presenta dificultades, ya que el modelo de felicidad que se exige nos
está mostrando efectos colaterales poco satisfactorios. Ya comer no es un
espacio para compartir, conversar y disfrutar, actualmente es un espacio donde
se deben ingerir determinadas calorías al día para no engordar, ser delgados,
deseados y poder ser felices, se sufre por no comer pero se garantiza que los
demás vean delgadez. Es una apuesta por el otro. De manera contradictoria
también están los que sufren por comer, por no ser deseados, ser gordos, por no
ser lo que los demás esperan que sean. Todo está tecnificado, así como el comer,
el sexo también tiene sus técnicas y formas. Incluso la salud ya no es
entendida como bienestar, sino como ideal de perfección (que sólo pasa por el
ideal) para poder alargar la vida, una tercera edad que se alarga.
¿Aburrido?,
¿triste?, ¿Deprimido? El hombre contemporáneo no puede darse el lujo de sentir
esto. Quizá su mayor invención es el hombre feliz, infinito e ideal, pero se
queda ahí sopesando en la realidad, como un fantasma con el que todos vivimos y
padecemos, en cuanto utópico. Dirá Bruckner que “No basta con proclamar el
paraíso sobre la tierra, hay que materializarlo en forma de bienestar y
atractivos, contando con el riesgo, siempre posible, de frustrar las
expectativas”. Y son exactamente con estas expectativas, las que se han venido
frustrando día tras día.
En
la contemporaneidad el hombre feliz nos muestra dos caras de una misma moneda,
ya que mientras unos siguen persistiendo en aquella ilusión, otros la han
matado, como Nietzsche que se cuestiona:
“¿Tenemos que aceptar que
la finalidad de la ciencia sea procurar al hombre el mayor número de placeres
posible y el menor desencanto posible? Pero, ¿cómo hacerlo, si el placer y el
desencanto se encuentran tan unidos que quien quisiera tener el mayor número de
placeres posible debe sufrir, al menos, la misma cantidad de desencanto; que
quien quisiera aprender a ‘dar saltos de alegría’ debe prepararse para ‘estar
triste hasta la muerte’?” (Nietzsche, 1974 p. 12)
Darle
vista a la finitud del hombre, cambia los paradigmas desde el siglo XIX y
enfrenta el proyecto moderno, que trabajaba y aun intenta construir lo infinito
del mortal. Esta cara de la moneda, muestra un sujeto real que está dominado
por el trabajo, la vida y el lenguaje, un hombre que ya no es objeto científico
desde el ideal sino más bien desde lo real, desde un estilo de vida, donde por
momentos sufre, llora, teme, se frustra, se siente iracundo y miserable, pero
que también se alegra, ama, se sorprende y encanta. La modernidad ha dado la
posibilidad de disociar realidades y paradigmas que se muestran paradójicas y
ambivalentes, pero es seguro que ha revelado una nueva visión del hombre, en la
que el sujeto hace búsqueda de emancipación y libertad personal y social.
Actualmente
no es que Dios como persona o ente haya muerto, lo que ha muerto es aquel
sujeto trascendental que Platón concebía como un ciudadano con capacidad para
conocerse a sí mismo y para gobernar a los demás, al igual que el hombre del
medioevo que orientaba todo significado hacia Dios, o aquel sujeto racional con
capacidad para controlarlo todo. Lo que hoy se evidencia, es que el hombre se
encuentra determinado “por algo más profundo y anterior a la razón: las fuerzas
de su inconsciente” (Ramos). Por tanto, lo social produce formas de poder que
intentan direccionar, controlar, vigilar y normalizar de manera permanente al
sujeto contemporáneo, y es para esto que se han creado las ciencias humanas, para
intentar responder lo qué es lo normal y cómo debería ser el hombre en lo
social, al menos en planteamientos Foucaultianos, que pone la función de las
ciencias del espíritu, en un accionar frente al cuerpo que “debe ser formado,
corregido, recibir ciertas cualidades, ser capaz de trabajar, etc”.
Ser
feliz, es entonces un imperativo más de cómo debe ser lo social, ¡Pero vaya
imposición!, pretender reavivar lo trascendental en el sujeto que ya no tiene
divinidad a la cual acudir. Y no solo debe ser feliz, sino normal, regulado y
controlado con lo que hace y desea. El proyecto moderno desde las ambivalencias
de un ideal.
Pero
¿qué le queda hoy por hacer a las ciencias sociales? ¿Cuál es su futuro?
¿Responder ante la demanda social de fórmulas? La responsabilidad de
sí y la capacidad para socializar.
* Escrito basado en dos
textos: 1. Posmodernidad y Ciencias
Humanas, de Roberto Salazar Ramos. 2. La
Euforia Perpetua/Sobre el Deber de Ser Feliz, de Pascal Bruckner, donde se
abordan dos capítulos, el número 2. La Edad de Oro y… ¿Después? y 3. Las
Disciplinas de la Bienaventuranza.
*Usando
la clasificación de las emociones de Paul Ekman.
Te recomiendo un texto muy interesante de Andre Comte-Sponville que se titula La Felicidad Desesperadamente. Buscalo en la red
ResponderEliminar"
“ ¡Qué feliz sería si fuese feliz! Estas palabras de Woody Allen quizá dicen lo esencial: que estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue. La sabiduría, al contrario, sería vivir de verás, el lugar de esperar vivir. En esa dirección apuntan las lecciones de Epicuro, de los estoicos, de Spinoza, o, en Oriente, de Buda. Solamente tendremos una felicidad proporcional a la desesperación que seamos capaces de atravesar. La sabiduría es exactamente eso: la felicidad, desesperadamente.”
André Comte- Sponville
De paso, Felicitaciones a todos por este espacio. Muy buenas entradas y sentido critico. Sigan adelante!
Luisa Cano.
Gracias. Llevaba un año intentando recordar el nombre de ese autor.
Eliminar