Un
mismo sentimiento me acosa cada vez que me entero de un torero atravesado por
unos cuernos: el terrible temor a encontrarme indefenso ante la fuerza bruta de
una bestia, anticipando la aclaración de que no puedo llamar por bestia a otro
sino al torero. Bien cierto es que éste fue el herido, pero, bastante claro
tengo que los toros como dice Perez-Reverte “nunca fueron verdugos, sino
víctimas. Por eso su suerte sí me conmueve, y me entristece”.
Y
no es que me pueda alegrar la noticia de un torero lesionado pues, por difícil
que parezca creerlo, es un ser humano cuya dignidad debe ser protegida en
cualquier caso, que tiene una familia a la que se debe, que hasta puede ser buen
ciudadano, y que pudiera tener, dejemos abierta la posibilidad, algún esbozo de
cordura y razón. A pesar de esto, lo único que se me viene a la cabeza es que
el hombre no halló sino lo merecido y que el toro actuó en “legítima defensa”,
al fin y al cabo, el animal nunca decidió meterse al ruedo. Llego a pensar que es
una suerte de justicia natural.
No
puedo dejar de reconocer al hombre, sin embargo, una característica que siempre
le ha puesto por encima de las demás especies: la capacidad de justificarse. Diciéndolo
de otra manera, la facultad que posibilita la formulación de pretextos y
autocompasiones basadas en enunciados sin sustratos argumentales, sino
meramente estratégicos al ser-vicio de los interese sádicos, egoístas y
morbosos que tan bien han definido a la humanidad en todas sus épocas. Esto es,
el mecanismo del que se ha valido la sociedad para hacer parecer sus actos de
tortura animal, elementos esenciales de la tradición, manifestaciones
artísticas y la evidencia de la
superioridad evolutiva de la especie.
Pero,
debemos entender que el hecho de que algo perdure en el tiempo no es garantía
de que sea bueno. Y si hablamos de arte y evolución, en primer lugar, tengo la
más profunda convicción en afirmar que el arte nació como una forma de
expresión del ser humano para enfrentarse a la realidad y a sí mismo con un
medio embebido en sensibilidad, genialidad y virtud, no viciado por la barbarie
de festejos sanguinarios que no representan sino el alcance de la
irracionalidad. En segundo lugar, en lo tocante a la evolución, no se puede
confundir la carrera que implica la selección natural, con el mero hecho de
utilizar la crueldad dirigida a fines injustificables, a la satisfacción de
fetiches humanos.
Otro
argumento utilizado en defensa de la barbarie contra los animales, es que ellos
no tienen dignidad ni derechos por ser respetados. Pocas cosas he escuchado con
tan poco fundamento. Los conceptos de derecho y dignidad son creaciones humanas
en las que convenimos, dirigidas a proteger la vida, la convivencia y el
bienestar; no son condiciones naturales. Además, si hubo necesidad de crear el
derecho fue precisamente porque el hombre con su vileza amenaza a su propia
especie, y extender ciertas garantías a las demás formas de vida no estaría mal
cuando lo que está amenazado es todo el ecosistema. Si no se tienen
contempladas ciertas cláusulas de respeto con los animales es porque en algunos
casos no existe una necesidad, o porque las demás especies nunca nos han
importado lo suficiente.
Lo
más preocupante ni siquiera es el hecho del sufrimiento animal, es la actitud
moral desdeñosa que se toma, cómo es posible reclamar la paz y decir que existe
conciencia ecológica entre los hombres, cuando se aceptan y se elevan
espectáculos rebozados de violencia y de odio, a la condición de actos
culturales. Todo evidencia que la humanidad está aún muy lejos de superar el salvajismo, aún somos las más rústicas bestias. Pero, qué más se puede esperar, como decía Einstein, “hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro".
Gracias por el Artículo, es menester que en Colombia seamos consecuentes con la ética ambiental. Julián Acosta.
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