El desarrollo de la democracia en una sociedad política, requiere una práctica social incluyente y tolerante. Sin embargo, esa práctica puede llegar a estar en tensión con concepciones morales y estéticas que han imperado durante largos periodos de tiempo. Es la educación, en este punto, el escenario en el que se puede sanar el conflicto entre valores; pero, ¿qué ocurre cuando el sistema educativo, lejos de pretender la generación de un cambio, intenta reproducir sin una visión crítica, los prejuicios de una sociedad?
El proceso educativo no sólo debe entenderse como una preparación académica y personal, sino además como una forma de socialización de vital importancia para la convivencia del individuo en una comunidad, y la posterior participación como ciudadano en los asuntos públicos. Por esta razón, la formación brindada debe integrarse a la enseñanza de una escala de valores que permita tanto desarrollar la personalidad individual como la conciencia de vivir en colectividad. El colegio debe proveer de las herramientas necesarias para que el estudiante pueda reconocerse a sí mismo como persona, reconocer al otro e interrelacionarse óptimamente dentro del conjunto social.
A pesar de esto, muchas veces el colegio se convierte más en un instrumento del control social que en un verdadero espacio para el desarrollo personal, pues estableciendo un orden de autoridad se pretende disciplinar a los individuos con el fin de que sigan unos parámetros definidos por el plantel, sin permitir al estudiante una participación activa y crítica en su proceso de formación. Establecer lineamientos que van desde la prohibición de llevar el cabello largo para los hombres, hasta poner el embarazo de una estudiante como causal de expulsión, ya son límites a la autonomía del quién se está formando, y además envían un mensaje negativo a la comunidad, pues emitir los parámetros mencionados lleva por sí mismo, discriminar a las personas a partir de ciertos patrones estéticos o morales.
El sistema educativo tiene como función propender por la difusión de valores democráticos, que permitan aceptar la condición del otro y la libertad individual a la hora de determinarse, por eso es tan grave que sea en el espacio cuyo propósito es incentivar la tolerancia y la inclusión, en el que se violen derechos fundamentales relacionados con estos valores. Muchas veces la justificación es que al firmar el contrato de estudio se acepta el reglamento, pero dicho argumento no tiene ningún valor en el plano del derecho, pues se trata de derechos irrenunciables que no se pierden por el hecho de haber firmado contrato alguno. Además, los reglamentos colegiales no pueden pasar por encima de las normas legales y constitucionales.
Los planteles educativos tienen la responsabilidad de asumir una visión crítica sobre los fundamentos que apoyan su estructura (que un valor moral haya sido mantenido tradicionalmente, no es garantía de que sea bueno), incentivando la participación de los estudiantes como sujetos activos en el proceso, cambiando la lógica de la autoridad por una lógica del gusto por el conocimiento. No puede ser de otra manera, el sistema educativo es la verdadera casa de la democracia.
Percibir al colegio como una institución que busca relacionarse con nociones exclusivistas de la colectividad es la clave para entender el comportamiento de su dinámica normativa. Los parámetros estéticos se sostienen por esta razón.
ResponderEliminarLa oferta de educación privada propone modelos atractivos para los padres que buscan lo “mejor” para sus hijos, por lo que esas instituciones no son más que dóciles objetos de la escala de valores propia de la sociedad misma.
Hablar de un cambio en la educación de los colegios, o bien identificar grandes fallas en sus dinámicas estructurales es equivalente a pelear con el termómetro o intentar quebrar el espejo. Hay cierta conciencia de los padres al elegir un colegio que terminan por representar tendencias de supervivencia o prosperidad institucional.
Es preciso un cambio en el sistema social de valores, idealmente antes incluso que un cambio en las instituciones. Habrá de esperarse un cambio paulatino o simultaneo, puesto que al ser como sabes, un fenómeno cíclico, un solo punto de lucha es un sin sentido.
La solución para mi es la adopción parcial de sistema de valores extranjeros, como la pluralidad y el valor en la diversidad de pensamientos, por lo menos en el asunto educativo, puesto que el esnobismo local crece cada día, y el argumento de aceptación de tendencias por razones de “Modernidad” gana cada vez más peso, pues se lo asocia con la exclusividad. Esa es mi salida realista del asunto.
A todo esto podría decirse que estoy evitando mencionar la educación pública, sin embargo, habría que objetar que la clase dirigente es quien tiene mayor influencia en las políticas que permitirían un cambio en la percepción y los lineamientos de esta. Y precisamente es esta clase la que usualmente accede a la educación privada.
Ahora, no sería de esperarse que esta clase quisiera perpetuar las desigualdades de que fue producto si se escogen los valores apropiados para su adaptación. Desde este punto de vista la noción de exclusividad puede dar a luz a una contradicción ideológica, pues se absorberían los principios desde un criterio de modernidad prestada, sin ver necesariamente, desde la torpeza del actuar colectivo, un ataque a las desigualdades deseadas. *
Todo lo que digo seria una solución, para mí, realista y sin una confianza en la actuación del gobierno o el estado en este cambio, pues su intervención muchas veces es precaria, sobre todo cuando no es de carácter efectivista. Poco entienden las instituciones tradicionales de cambios de conciencia, como aquellos logrados por Mockus, en su comprensión de que la mejor sanción correctiva para una actitud anti cívica es la censura colectiva.
* Sobre esto hay un excelente ejemplo en las bases ideológicas de las políticas internacionales de Europa, las cuales, tras un proceso de ablandamiento y de tolerancia promovida por sus propios principios pluralistas, dejan que esta se consuma lentamente, desarmada, ante la invasión Musulmana que se extiende como la lepra sobre la rosada piel Europea, que no se quiere permitir contradicciones muy profundas en lo referente a cuestiones de tolerancia. Todo aquello en contraste con la radicalidad musulmana, que sin preocuparse necesariamente por el aspecto global de sus comportamientos, amenaza con diluir étnicamente a Europa, no por vías de mestizaje, como sería menos dañina, sino con una tasa de natalidad enormemente superior a la de los nativos, y con convicciones personales que la Europa actual permite que cultiven y protejan en mayor o menor grado, con escuelas de tradición islámica. No se permite Europa la contradicción esencial para su supervivencia “Pluralidad, a fuerza de intolerancia”, olvidando sus propios antecedentes. Era de esperarse que Francia sea quien tuviera, de alguna forma, mayor conciencia del problema, pues fue la protagonista de la contradicción entre la ideología de la revolución y sus medios. Sabe que ante un sistema de valores que no tiene como componente la radicalidad frente a sí mismo, aunque sea democrático y pluralista, está condenado a la muerte, como bien es ejemplo la caída del politeísmo, mejor representante de la multiplicidad de tendencias del alma humana, frente al monoteísmo, unificado y subordinado a una interpretación monopolizada, pero que fue mejor aceptado y más conveniente, triunfante por la radicalidad cristiana. El politeísmo acabo convaleciente, pues le permitió entrar a un dios dictatorial a su panteón de dioses inocentes y comprensivos, sus creencias dejaron de ser fuente de poderes políticos a disposición de alguien, si es que alguna vez lo fueron. Es Francia quien mejor entiende que, sin duda alguna, la tolerancia es la coquetería de los agonizantes.
ResponderEliminarqué excelente comentario. Muchas gracias
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