Por Andrés Álvarez Arboleda
Aún sin que comenzaran los
diálogos de paz, para muchos ya estaba claro que toda negociación no tendría
otro resultado que el fracaso. A los que venían planteando que el problema sólo
se puede solucionar por vías pacíficas les han llamado ilusos, y esto en el mejor
de los casos, no siendo pocas las personas que, a estas alturas, siguen
pensando en el enfrentamiento militar como la única salida factible al
conflicto. A mí, por el contrario, es justamente esta última posición la que me
preocupa: su punto de partida no es una añoranza de paz, sino todo lo
contrario, lo que expresa es un fuerte apego a la violencia.
Para empezar, es fundamental
precisar que el discurso de la seguridad tiene un alcance muy distinto al
concepto de paz. La tesis del uso de las armas como forma de solucionar los
problemas, sostenida desde luego también por las FARC, sólo alcanza una pretensión
de seguridad, una noción restringida en tanto consiste en la mera protección
contra los factores perjudiciales (uno de estos factores, que pueden ser de
cualquier clase, es el enemigo). Así, lo que interesa es neutralizar al bando
opuesto y no la construcción de una sociedad verdaderamente pacífica en la que
los desacuerdos se puedan tratar mediante el diálogo. En contraposición, el
ideal de la paz, que siendo una noción más amplia incluye también la pretensión
de seguridad, hace comunidad entre quienes antes se atacaban.
Sostener la posición a la que
estoy criticando tiene otro problema fundamental de carácter práctico que no
salta a la vista tan fácilmente: la legitimidad no se hace recaer en la
razonabilidad de los argumentos, sino en la fuerza efectiva. Para explicarse
esto basta que los lectores se planteen las siguientes preguntas: ¿qué pasaría
si el que sale victorioso en el uso de las armas es el contrincante? ¿estarían
tan dispuestos a aceptar que la confrontación armada es la forma correcta de
solucionar el conflicto? En un enfrentamiento bélico ya no se trata de
convencer al otro, se trata de reducirle ejerciendo la violencia, y por tanto,
sólo éste es el criterio que indica la posición triunfante.
Si se ignora que el conflicto
armado interno en Colombia no apareció por generación espontánea, sino que
tiene unas causas específicas que esperan por ser atendidas, se seguirá cayendo
en el absurdo de combatir los síntomas sin tocar la enfermedad, o en un absurdo
aún peor, entender que la violencia se soluciona con más violencia. Una
sociedad con niveles sobrecogedores de desigualdad, una conciencia alrevesada
de la moral y una desintegración social que parece insalvable es un caldo de
cultivo óptimo para engendrar conflictos. Si no se rompe el círculo vicioso “violencia generadora de precariedad/precariedad
generadora de violencia”, ni la paz, ni la justicia social que permita unas
condiciones materiales adecuadas para la población, serán objetivos alcanzables.
El camino es arduo, pero vale la pena. La primera forma del círculo (violencia
generadora de precariedad) se rompe, pacíficamente, con procesos de diálogo
enfocados en la desmovilización y en la inclusión de los excombatientes; la
segunda forma del círculo (precariedad generadora de violencia), con una
revisión a los modelos de desarrollo en materia económica y social tendientes a
lograr una subsistencia digna y equitativa para todos los seres humanos.
En todo caso, ambos etapas deben
realizarse conjuntamente. Un proceso de desmovilización sin un sustrato fuerte
en la agenda social, está condenado. Lo único que se lograría sería
la migración de los excombatientes un grupo armado a los demás grupos armados
que existen en el país, situación que tiene grandísimas posibilidades de materializarse en el actual proceso de
paz. Además, un verdadero cambio social impulsado por el Gobierno lograría algo
mucho más contundente que la victoria militar: dejar al oponente sin argumentos
para continuar su lucha armada.
Estamos en un momento en el que
es necesario replantear esa visión guerrerista de la solución al conflicto
armado interno. Soy consciente de que el proceso de negociación no es una
condición suficiente para lograr la paz, pero sí es una condición necesaria. La
experiencia nos ha mostrado que sí pueden llevarse a cabo diálogo exitosos, por ejemplo,
los procesos de paz con el M-19, el Quintín Lame, el EPL y la Corriente de
Renovación Socialista. ¿Conoce usted algún conflicto en Colombia que se haya
solucionado por la vía militar exclusivamente, sin que nadie se siente a la mesa de
negociación?
El proceso de negociación debe contemplar como mínimo dos partes. Al menos inicialmente, tanto las FARC como el gobierno se habían atenido a los acuerdos preliminares. ¿Qué pasaría si una de las partes decide que ya no quiere seguir aquellos acuerdos y que desea cambiarlos? fuera de quedar deslegitimado, es vital que todas las partes asuman sus responsabilidades. Estoy expectante ya que espero de las FARC responsabilización de lo que son y de lo que han hecho. ¿Del gobierno? exactamente lo mismo. En conclusión: ojala que las dos partes quieran acabar la guerra, porque ese sería el inicio para construir la paz (palabra que me suena de lo más cliché), ojala que no tengan la pretensión de solucionar los problemas de Colombia en esa mesa, y que exista la claridad de que tal negociación es apenas una puerta de entrada, ojala que Colombia no se ilusione con la paz hecha en mesas de negociaciones, porque esa es una construcción diaria y un esfuerzo permanente.
ResponderEliminarSaludos!
A propósito de este tema quedan todos cordialmente invitados a escuchar el programa Hechos al Derecho de este martes 30 de Octubre a las 10:30 am, por la emisora Sinigual de la Universidad Católica de Oriente 93.3 Fm en el Oriente antioqueño o en este link http://www.uco.edu.co/Paginas/radiofm.htm
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