Por Andrés Álvarez Arboleda
En un manifiesto en el que se presenta como camino a la paz una invocación a la violencia, algo tiene que estar mal. Hay definitivamente una incongruencia moral si el parámetro diferenciador entre un criminal y una persona de paz es el bando para el cual lucha en vez del respeto a la dignidad humana. Sin duda, debemos exigir al Estado la garantía de nuestros derechos a la paz y a la seguridad, pero hacerlo apelando a un discurso guerrerista me parece equivocado, más aún cuando se hace con fines de estrategia política y no por la buena voluntad de ver el fin de un conflicto que a tantas generaciones nos ha tocado sufrir. Así, varios son los vicios de los que, según creo, adolece el manifiesto del “Frente de Unidad en Contra de los Terroristas” concebido por el uribismo.
En un manifiesto en el que se presenta como camino a la paz una invocación a la violencia, algo tiene que estar mal. Hay definitivamente una incongruencia moral si el parámetro diferenciador entre un criminal y una persona de paz es el bando para el cual lucha en vez del respeto a la dignidad humana. Sin duda, debemos exigir al Estado la garantía de nuestros derechos a la paz y a la seguridad, pero hacerlo apelando a un discurso guerrerista me parece equivocado, más aún cuando se hace con fines de estrategia política y no por la buena voluntad de ver el fin de un conflicto que a tantas generaciones nos ha tocado sufrir. Así, varios son los vicios de los que, según creo, adolece el manifiesto del “Frente de Unidad en Contra de los Terroristas” concebido por el uribismo.
Partamos del desbordado alcance que este sector político ha atribuido
al concepto de terrorista. Si llaman terroristas a los grupos que, como las
FARC o las bandas paramilitares, actúan a partir de la intimidación y la
eliminación física de los miembros de la sociedad civil, no puedo hacer otra
cosa que estar de acuerdo. Pero si se amplía el término como tantas veces lo ha
hecho el uribismo, y en particular Álvaro Uribe, a periodistas, estudiantes
universitarios, personas que por las vías democráticas se opusieron a su
programa presidencial, miembros de la rama judicial, premios nobel de paz, defensores
de derechos humanos, gobernantes de países vecinos, entre muchos otros, cualquier
persona sería potencialmente destinataria del apelativo, salvo que se encontrara
entre su séquito y por ese sólo hecho sea considerada honrada e impoluta. Quien
no está con ellos está contra ellos.
En ese sentido, Enrique Santos Molano
escribió en su columna de El Tiempo que “el terrorismo es una vieja teoría, comprobada a menudo en el acelerador de
partículas conspiradoras, que sirve para darle masa a las estrategias de
quienes buscan perturbar la paz, impedirla, aplastar la protesta social,
reducir al mínimo los derechos humanos y anular la libertad de expresión, pues
en la guerra y en el desorden tienen su negocio”. Sin embargo, como decía, esto
es apenas el punto de partida.
A renglón seguido se plasma en el manifiesto una insensatez. Decir que
el terrorismo es un mal en sí mismo y que en nada refleja los demás males de la
sociedad, es como decir que los conflictos aparecen “porque sí” o que son un
castigo divino e inexorable. Los conflictos necesariamente tienen causas, y más
en un país que tiene todos los elementos para que se puedan presentar fenómenos
de violencia. Estamos entre los cinco países (hay casi 250 en el mundo) con el
índice más alto de desigualdad, donde grandísima parte de la población vive en
las más inhumanas condiciones de precariedad; crecimos en un medio de
exaltación a la viveza, con la inculcación de una moral regida por la hipocresía
y por un individualismo caníbal; dirigimos nuestro destino bajo un remedo de
democracia en el que el derecho al sufragio se desdibuja en la necesidad física
de comer por lo menos un tamal el día de las elecciones. El problema, como en
una conferencia en la ciudad de Viena evidenció Carlos Gaviria, es que quienes
entendemos que el conflicto es una secuela evidente de lo que pasa en Colombia
nos vemos como “heterodoxos, herejes, etc”. La acción antiterrorista del Estado
no puede ser sólo el ejercicio del monopolio de la fuerza, tiene que ser todo
un programa integral que desde la raíz dignifique y construya una sociedad
colombiana incluyente, democrática, pacífica.
Pero
si la parte anterior era una insensatez, lo que sigue en el texto tiene que ser
un chiste. Y espero que sea tan sólo eso, una sátira salida de tono, porque de
lo contrario estaríamos frente a un acto de cinismo. Dice el manifiesto: “el
verdadero marco jurídico para la paz es el respeto de la Constitución". Y yo
pregunto, ¿se refieren a la constitución de 1991 que fue trapo de cocina durante
los ocho años del Gobierno Uribe con casi tantos proyectos de reforma como
artículos tiene, o a la nueva Constitución por la que vienen abogando para
deshacerse, por fin y de una vez por todas, de una constitución que no escatimó
en el reconocimiento de derechos ni en la imposición de límites para el uso
irracional del poder?
A mi parecer, este manifiesto no fue ninguna
ganancia ni para sus redactores, por el contrario da cada vez más la impresión
de un uribismo decadente y al borde de la charlatanería, que se rasga las vestiduras por
verse lejos de las arcas del poder. Víctimas
del conflicto como son Fernando Londoño y Álvaro Uribe bien saben la inmensa
tragedia humana que puede representar un acto de violencia; a ellos les
quedaría bien ser los primeros en replantear esas lógicas bélicas de las que está
plagado el discurso del texto que más parece un manifiesto contra la paz.
Sencillamente bárbaro!
ResponderEliminarHe de aceptar que hace unos años fui lo que hoy llamamos 'furibista', resulta que Colombia necesitaba mano dura, decíamos algunos! y la verdad es que todavía la necesita. Siempre la hemos necesitado. Un país que sigue estando en proceso de 'la patria boba' necesita un tipo con pantalones, pero... ¿que es tener pantalones? pues que el Estado no se ausente de ninguna región del territorio nacional. Este país es de todos y precisamente todos tenemos los mismos derechos... pilas con el abandono que no es sólo militar! es mas peligroso unas FARC que monten hospitales a unas FARC que ponen minas... y eso es lo que hacen en regiones marginadas incluso de Antioquia.... Abrazos Andrés, muy buena entrada!
ResponderEliminarUna invitación a leer mi blog: http://elsancochotrifasico.blogspot.com/
Es la primera vez que me animaré a escribir que me gusta, aunque yo no me fió tanto de la decadencia del uribismo, esa sería la consecuencia lógica, y en este país lo lógico no es un resultado esperable. Saludos!
ResponderEliminarEl manifiesto se encuentra en http://www.pensamientocolombia.org/ZScripts/Manifiestos/Manifiesto1.php
ResponderEliminarAquellos que tienen el poder son los que actúan los buenos de esta historia y si fuese al contrario serian el grupo armado dominante aquel que se considerara el salvador del pueblo. No se puede desconocer que que hay terrorismo en el país, que los grupos armados han hecho mucho daño, pero es muy cierto Andrés, el camino para solucionarlo no es optar por la paz impuesta es por esa absurda idea que somos el país con el conflicto armado mas viejo del mundo.
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