Ni la pseudoguerrilla de las FARC, ni la
pseudoprotección del estado, cuando uno le dice NO a la guerra, le dice NO a
todos los actores armados; la guerra es un asunto que se rechaza del todo o no,
no admite tibiezas ni discursos acomodados, aceptar a uno de los actores
armados es aceptarla totalmente, la paz no es un objetivo que se pueda
conseguir mediante la guerra, la paz no es el discurso de un bando, la paz es
la paz y se está con ella o no.
Los colombianos durante toda la historia patria
hemos sido embaucados con la idea de que la guerra es la única forma de
construir la paz, se nos ha dicho que hay un bando bueno y uno malo y que por
supuesto el bando bueno es el Ejército Nacional, el que busca la paz es él y
que el otro bando, llámese como se llame, es el que está en contra de la paz.
Con ese discurso se han posesionado, creo yo, todos los presidentes que hemos
tenido en la vida republicana, aunque para evitar las peligrosas
generalizaciones diré mejor: “casi todos” los presidentes en la vida
republicana.
Muestra de eso es la más reciente movilización
social que tuvo lugar en Twitter -y, creo, en las demás redes sociales, aunque
eso no lo sé con certeza- el martes sucedió lo esperado, la gente -ante la
presión de los indígenas NASA del cauca, que solicitaban el retiro de la fuerza
pública de su territorio, así como el retiro de los demás actores armados-
salió a decir cantidad de cosas de los indígenas y terminó en los lugares
comunes del debate nacional, las dos palabras más utilizadas en el lenguaje
nuestro: “terroristas” y “guerrilleros”. A estas alturas de la vida esas
palabras casi ni pueden ser leídas en otro acento que no sea el paisa, no sé
por qué. El porqué de estas dos palabras, es que los discursos peligrosistas de
la ultraderecha aprendieron que cuando un proceso es demasiado legítimo, la
única forma que tienen de deslegitimarlo es tildarlo de terrorista, ellos lo
aprendieron y nos lo enseñaron a los colombianos, no sin antes convencernos de
paso que ser bueno es estar del lado de ellos y estar del otro lado es ser un
terrorista.
Yo me he venido preguntando desde hace algún
tiempo si en realidad el epíteto “terrorista” no es igualmente aplicable a los
dos bandos, a la larga lo que se infiere por terrorismo es independiente de la
inclinación política y sólo indica, al menos para mí, la vocación a infringir
terror, así resulta igual de terrorista el que tira pipetas desde el monte a un
puesto de policía en medio de un pueblito de 20 casas y las tumba todas, como
el que valiéndose del evento hace campaña política, y esos dos son iguales de
terroristas al tipo uniformado del “honorable” Ejercito Nacional que le dispara
a un caserío indígena en el Cauca aduciendo a que los indígenas resguardan
guerrilleros y que los guerrilleros también se visten de civil. Pero como los
malos en Colombia sólo son los que están del lado opuesto a lo “oficial” y no
los que están del bando opuesto de la paz, entonces el adjetivo “terrorista”
termina siendo aplicable a unos y no a todos; ahora, como tampoco es necesario
que se esté en contra de la paz para ser terrorista, terminamos igualados todos
los que nos oponemos a la política tradicional y a la ultraderecha, tanto los
verdaderos terroristas de dizque “izquierda” –entiéndase: esa cosa amorfa
llamada equivocadamente guerrilla, detestable por cierto- como los pacifistas
que se oponen a la guerra, los indígenas, los campesinos, los líderes de
derechos humanos y las ONG.
Y eso es lo que más duele, ver cómo se iguala
indiscriminadamente, en el documental de Hollman Morris sobre la situación en
el Cauca y la toma de Caloto en el 2005 entrevistaban a un indígena que
explotaba en un llanto que no se decidía entre la indignación, la
desesperación, la desesperanza y el dolor; un indígena que lloraba ante las cámaras
diciendo que lo que más le dolía, no era ni la casa, ni tenerse que ir, ni
haber tenido que sacar a los niños y los abuelos de su tierra, que lo que le
dolía era que el Ejército hubiera llegado a decirle “guerrillero” a él, que
nunca en la vida había empuñado un arma, que se oponía a la guerra con el
corazón, a él un hombre trabajador que luchaba por conseguirse la vida de
manera honrada arañando la tierra. Es imposible no identificarse, y seguro a
muchos de los hombres que hemos decidido que no estamos ni de un lado ni del
otro, nos han tildado de guerrilleros sólo por decir que el Ejército no tiene
tampoco la razón, por decir que la derecha ha tomado la senda equivocada, por
decir que el gobierno debería dejar de invertir en guerra y empezar a invertir
en salud, en educación, en cultura, en tecnología, en apoyo al campesino.
Ese es el problema de este país, haberse dejado
vender la idea de que la paz se consigue mediante la guerra y que todo el que
se oponga a la “paz oficial” es un terrorista, oponerse a la guerra oficial es
un delito terrible, ser pacifista en Colombia es tan malo como ser de las FARC,
ese es el discurso oficial y el discurso que asumió un buen sector poblacional
el martes ante lo que sucedió en el Cauca con los indígenas, Colombia no tiene
remedio porque los colombianos nos dejamos meter un discurso amañado, porque
los colombianos nunca tuvimos criterio, porque los colombianos, simple y
llanamente, somos unos pendejos; inevitablemente viene a mi memoria una
profesora de tercero o cuarto grado, en la escuela, que en alguna ocasión lazó
una frase con la que sentenció la historia patria: “lástima Bolívar haber
liberado tanto pendejo”
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