Sin el ánimo de restarle seriedad al espacio hay un
tema más light que quisiera tocar, no porque me parezca importante que el
espacio sea digerible ni porque quiera reducirle la carga de formalidad con la
viene este blog, sino porque es un asunto que prácticamente a todos nos ha
sucedido, un espacio o escenario común que compartimos todos al menos una vez
en la vida. Y es que quién, que no pertenezca al estrato social más alto o al
más más bajo de todos (que curiosamente terminan pareciéndose en algunas cosas
como estas), no ha montado en un bus:
Ese objeto grande y sonoro, atestado de carne humana,
que en el mejor de los casos alcanza a estar sentada y en la mayoría de las
ocasiones, sobre todo a ciertas horas, tiene que colgarse de ese otro objeto
llamado barra, a estar parado y con el cuello ligeramente inclinado, que a
pesar de que la estatura promedio de los colombianos no sea tan alta casi todos
los hombres terminamos en incómodas y antiergonómicas posiciones al interior de
estas latas, incluso los más atrevidos se han arriesgado a inventarse una
suerte de Kama-Sutra, algo como el buseta-Sutra, no sólo por las complicadas
posiciones que deben asumir las vértebras y en general todo el esqueleto, sino
también por los calientes ánimos de una buena porción de caballeros a la
hora pico del apretujón y el amasamiento
de las carnes.
A quién no le ha sucedido que se monta en ese monstruo
que hemos creado a una hora incómoda en un lugar poco indicado, como las
afueras de una universidad, colegio, institución pública, paradero, iglesia,
sitio de interés turístico y en general cualquier parte (que resulta ser poco
indicado cualquier lugar a las 12:15 de la tarde) y que luego de entrar,
mientras el conductor grita que atrás caben más, uno comienza a apretujarse. El
mejor escenario probable es quedar en medio de dos exóticas jovencitas y a su
vez el peor es quedar en medio de dos tipos que miran con ganas el celular o la
billetera. De cualquier forma, siendo
uno u otro el escenario, siempre será incómodo para casi cualquier persona,
incluso si llega uno a quedar en medio de las dos jovencitas exóticas con el
movimiento del bus, los sudores del medio día, el fastidiosito almuerzo todavía
en la garganta y las prendas reveladoras que la reveladora moda pone a usar a
todo el mundo, eventualmente uno comenzará a sentirse mal, como un violador potencial
o al menos un acosador, y esa es la mejor posibilidad, claro, cuando a uno le
toca en medio de los dos tipos con gestos que generan poca confianza y con
frases del tipo “quiai mai niño” o tipos con cara de abogados (lo digo yo que
dizque soy abogado) el asunto es mucho más preocupante, uno siente manos por
todas partes, aquí el violador no es uno, aquí uno es el violado, y esta situación
no sólo es incómoda por el hecho de las manos por todo el cuerpo sino por la
preocupación general que tenemos todos de perder la SIM CARD con todos los “contacticos”
o la libreta militar y la cédula, que en ese caso serán imposibles siempre de
recuperar por la vía de la recompensa y que por las vías legales le implicará a
uno ir a hacer eternas filas en un lado y en otro, y eventuales “montadas al
camión” si tiene uno (como yo) cara de remiso.
Bueno, pero también puede uno ser afortunado y
encontrar con que hay un puesto vacío, puesto por el que debe correr y hacerse
el dormido, o dormirse de verdad, con el fin de evitar que alguna ancianita le
quite el puesto por el que uno sufrió tanto, ese puesto que le ha tocado en
algunas ocasiones al amigo de un amigo, que es casi un mito urbano, que uno
sabe que existe porque le ha tocado ver gente sentada, ¡SENTADA!, ¡de verdad!,
aunque suene extraño: hay gente que vive cerca del acopio de los buses y le
toca ese asiento rojo más de dos veces consecutivas. Ahora, si alguna vez le
toca sentarse por favor evite dormirse de verdad, sólo fínjalo, porque dormir
es un deporte extremo en los buses y aquí ya no por los peligros propios de la
inseguridad “busetal”, sino de las frenadas constantes que pegan estos
conductores para alcanzar a recoger toda alma que pueda, cuenta la leyenda que
hay gente que se ha dado contra el vidrio de la ventana o contra la varilla de
la silla del frente. Todo esto sucede mientras suena una acogedora y siempre
muy cultural emisora colombiana, nunca escuchará uno un conductor con la “Radio
Nacional” puesta, ni sueñe que se encontrará con Art Tatum o Charlie Parker en
una de estas máquinas endiabladas, en el mejor de los casos el conductor tendrá
puesta la dobleú mientras allí hablan de la novela nueva que salió y del
impacto social tan amplio y beneficioso que tendrá.
Pero no todo es malo en los buses, también corre uno
el riesgo de conocer gente que valga la pena, historias de amor han comenzado
en las peores condiciones: guerras, catástrofes aéreas, huracanes, buses,
terremotos, tornados, clases aburridas, etc. y pues sí, sucede que a veces uno
encuentra una bonita jovencita, no muy exótica, no muy bonita, ojalá no muy voluptuosa,
con algo adentro del cráneo y con la misma sensación de desasosiego que produce
escuchar a los “periodistas periodistas” de nuestra colombianidad, es cierto
que tener esa suerte es extraño, pero hay gente que se gana el baloto, con un poco
de fe puede que algún día llegue usted a sentarse al lado de una chica o de un
chico que haya escuchado al menos una vez a Tom Waits y que no le disguste. En
segundo lugar, estos sitios, como cualquier otro sitio peligroso se presta para
pensar, tal cual como cualquier filósofo o pensador iraquí en medio del
conflicto, si usted está dispuesto a soportar la tortura puede que logre
ocurrírsele una gran idea un día de estos en un bus.
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