Cicerón,
el gran filósofo y jurista de la República Romana, decía que las armas debían
ceder a la toga (Cedant arma togae), y
así se refería a que la autoridad civil debía prevalecer sobre la fuerza
militar, elaborando un planteamiento que no sólo ha sido ampliamente utilizado
en todo el desarrollo de la teoría democrática, sino que se ha legitimado y
cobrado vigencia siempre que un órgano militar ha gobernado o administrado
justicia en un país.
La
máxima de Cicerón se renueva también siempre que se rompe el delicado equilibrio
entre las normas que hallan su legitimación en el proceso democrático y la
autoridad militar que se fundamenta en la fuerza. Es decir, cuando la llamada
violencia “legítima” del Estado (que no creo que exista manifestación de
violencia alguna que pueda ser legítima) que se debe fundamentar en la
protección de los ciudadanos, desconoce a las normas jurídicas como límite al
ejercicio de la fuerza.
Traigo
a colación a Cicerón por una razón: en Colombia, desde hace tiempo, se ha
mantenido un discurso que a mí manera de ver es preocupante. Es un discurso que
valida cualquier acción de la fuerza pública, así esté al margen de la
legalidad y de los principios mínimos que debe observar una sociedad para
permitir una coexistencia pacífica y unas condiciones de vida dignas para las
personas, siempre que sean acciones dirigidas en contra de otros actores que
operan al margen de la ley.
Es
fundamental que los Estados tengan aparatos armados que puedan hacer efectivas
las normas jurídicas para garantizar los derechos de sus habitantes, es
necesario que se utilice esa fuerza para poner ante la justicia a grupos que,
como las FARC, los paramilitares o las bandas criminales, masacran, intimidan y
cometen los atropellos más viles imaginables contra una población civil
indefensa y que no tiene nada que ver con el conflicto armado. Pero la fuerza
legal y pública tiene que actuar de una manera especial que justifica su
intervención: respetando a ultranza los parámetros legales del sistema de
derecho interno y los principios del derecho internacional de tratados
ratificados por Colombia.
¿Por
qué decimos que cuando el Estado utiliza las armas no está actuando al mismo
nivel de un criminal que también las utiliza? Carlos Gaviria nos da una
respuesta al decir que lo que permite una intervención de este tipo en el
Estado de Derecho, es el compromiso a apelar sólo a los medios jurídicos, pero
cuando los medios utilizados están prohibidos por las normas de derecho, el
Estado estaría actuando también como un criminal. Así, si se combate el crimen
con el crimen se estaría demostrando que no se han podido combatir eficazmente
esos otros factores de poder, es decir, que la soberanía del Estado está en cuestión,
y que está en cuestión su legitimidad misma.
Son
dos eventos principales los que han hecho resurgir ese discurso que justifica
el desborde del poder militar sobre el derecho: la condena a Plazas Vega y la
discusión sobre el fuero militar. En cuanto al primer caso, se ha venido
esgrimiendo un argumento que me parece escandaloso; se dice que no es posible
que un coronel del Ejército esté en la cárcel por haber “defendido la
democracia maestro”, como si la desaparición forzada y la tortura fueran formas
válidas de defender alguna idea por noble que parezca. Muchas personas parecen
no entender que no se está juzgando por la retoma del Palacio de Justicia, sino
por lo que ocurrió cuando ésta ya había terminado, con la consecuencia de que
personas que salieron en manos del Ejército, no volvieran a ver la luz del
mundo.
Me parece bastante peligrosa esa tesis de la moralización
de la tropa basada en la impunidad. Yo creo que la tropa se moraliza más cuando
se le reconoce el respeto por los derechos humanos, la legalidad en el actuar y
la capacidad de reconocer cuando hay errores o conductas delictivas dentro de
la institución. Por muy desesperada que
sea una situación hay valores que no pueden ser puestos en cuestión, los fines
no siempre justifican los medios y los buenos no serán buenos siempre así hagan
cosas malas. La legitimidad no está en las armas, como dice Cicerón, está en
la toga.
Andrés, estoy de acuerdo con tu columna. Si empezamos a aceptar que la guerrilla y el Ejército se comporten bajo los mismos parámetros y puedan cometer las mismas acciones, hasta ahí nos trajo esto...
ResponderEliminarHay que marcar una clara diferencia entre el actuar legítimo del Estado y el actuar ilegítimo de los grupos armados ilegales.
Frente al fuero militar considero que sí es importante que haya una justicia especializada en penal militar, que entienda los pormenores y especialidades de las Fuerzas Militares, pero el hecho que sean los propios militares quienes se juzguen me parece que no es adecuado.
Andrés O.