lunes, 7 de noviembre de 2011

LA TIPOLOGÍA DEL CANDIDATO JÓVEN

Por Alejandro Arcila Jiménez
La maravillosa sensación de verse rodeado de candidatos jóvenes no logra menguar el terrible sinsabor de descubrir cómo cada uno, a la sombra de los políticos de antaño, han aprendido a hacer la política de la misma manera, todos tan jóvenes y tan sucios de vieja politiquería.
Es terrible ver cómo lo mismo de lo que nos hemos quejado por años y años, lo reelegimos cada que hay lugar a hacerlo, quizás no a los mismos, pero si a las mismas prácticas, año tras año reeligiendo la vieja y amangualada política colombiana, cada año votando por las mismas y los mismos, en otros cuerpos, a veces, más jóvenes.

Esta vez no nos libramos de dicho terrible mal, nunca nos hemos librado y nunca nos libraremos según parece, para ponerlo en términos más “Saramagudos” si se me permite el término, “estamos hundidos en la mierda y el optimismo no es posible, el que es optimista o es tonto, o es insensible, o es millonario” nada lejos de lo que nos sucede, venimos hablando hace años de la “renovación” de la “nueva política” de la “política joven” y algunos la han visto con optimismo, incluso podría incluirme yo mismo, en algún momento de la vida, también, hace menos de un año, veía la política joven como una posible salida de la mierda en la que nos encontrábamos, pero al parecer José Saramago tenía razón, no se podía ser optimista, las cosas no podían ser tan simples como decir “es que aquí viene la nueva política porque en vez de lanzar los mismos viejos barbados de siempre les hemos dado a elegir a estos jóvenes que usan brillo labial, se afeitan por encima y usan imitaciones baratas de gafas Ray-Bam”.

Si uno es incauto puede llegar a verse sorprendido por la gran cantidad de candidatos jóvenes para estas elecciones de octubre, candidatos que a duras penas alcanzaron a cumplir su mayoría de edad y que ya quieren dirigir a un pueblo, y eso no está mal, al contrario, eso puede ser signo de que la renovación política está en marcha o que los postulados y principios constitucionales se están cumpliendo a cabalidad en eso de elegir y ser elegido, pero más allá de hacerle un análisis tan superficial al asunto, sometiendo el fenómeno a un rasero más delgado, se da uno cuenta que no puede ser optimista, que estamos llenos de candidatos jóvenes, pero que ellos, lejos de ser la renovación, son la perpetuación de las viejas prácticas y costumbres politiqueras de los años de upa.

Saramago tiene tanta razón en eso de que la única forma de ser optimista es ser tonto, insensible o millonario, al parecer justo eso es lo que sucede, nos han querido convencer de que el cambio viene en camino, que estos jóvenes medio afeitados (incluso algunos que aún ni se afeitan) son el cambio que esperamos cada cuatro años. Y tristemente ese cuento se lo han tragado los incautos, a los insensibles no les importa y a los millonarios les sigue conviniendo, ¿cómo podrían no ser optimistas?

Se encuentra uno en esta campaña electoral cientos de candidatos jóvenes que dicen representar el cambio, a la juventud, que vienen cargados de energía a hacer bien las cosas, pero al parecer la única diferencia entre el candidato conservador recalcitrante, amañado en el poder y el candidato joven, no es la cantidad que roban o van a robar, ni la forma y los métodos, la diferencia es la edad a la cual se van a hacer ricos a costa del erario público, esto si el candidato joven es un candidato del tipo A “neo-lumbrera neo-liberal”.

Para hacer una suerte de diferenciación entre los candidatos están estos tipos, existen el A “neo-lumbrera neo-liberal” que es el que ha aprendido a robar al lado de los viejos políticos, está también el del tipo B “el soñador criollo” que es el candidato joven lleno de fantasías infantiles que leyó en revistas de Greenpeace (sin demeritar el trabajo de dicha importante organización) y en las dos o tres clases que ha visto en la universidad pública, este no es tan malo como la neo-lumbrera, por lo menos este tiene buenas ideas, sin embargo está tan cegado por sus posturas radicales que si sube no hará nada por la administración pública y se la pasará haciendo discursos memorables pero que no dejarán huella alguna en la administración.

Aparece el candidato joven tipo C “Dummie” un Dummie es todo aquel ser para el cual se han diseñado los libros amarillos esos que le enseñan a uno a hacer cualquier cosa, existe desde “jugar triqui para dummies” hasta “Administración pública para dummies” por esto el nombre de este candidato, es un candidato que todo lo que sabe de administración pública lo ha leído de libros por este estilo y lo peor no es eso, lo peor es que cree saber mucho de administración pública y todo el tiempo se enfrasca en discusiones bizantinas de si el régimen de incompatibilidad esto, que la contratación aquello, que la ley 80 dice, que no dice, etc. Lo malo es que mientras este discute pendejadas y candidato tipo B habla de la importancia de una renovación en los ideales de una sociedad justa, el candidato A roba de lo lindo con sus compinches y nadie se da cuenta.

Se puede uno encontrar también con el candidato tipo D “el Sancho Panza” este candidato, a similitud del personaje ficticio, no sabe para dónde va, ni qué va a hacer, de esos a los que uno le pregunta ¿usted a qué aspira? Y le responde con dos piedras en la mano que él no se mete cochinadas por la nariz ni fuma ningún vicio, luego de esto agrega, vote por el partido de la X el renglón 2.

Y está el candidato tipo E “todas las anteriores” a semejanza de esta particular respuesta que uno puede hallar en los exámenes de selección múltiple, este candidato es el más acomodado de todos, es un candidato que era tipo D, pero se metió en política y mejor se puso a leer los libros del tipo C, se le colaron revistas de Greenpeace y se volvió de tipo B, subió, conoció el poder y el dinero y se volvió de tipo A al lado de los políticos más viejos. Y lo peor que hacen es que cuando les preguntan si creen en la evolución de las especies lo niegan rotundamente.

Existen otras combinaciones más siniestras, pero no es el caso alargarse aquí, el hecho y lo que se quiere demostrar es que ese eslogan publicitario de algunos candidatos de “es que yo represento a la juventud” es un cuento trillado en el que nadie debe creer, por lo menos yo siento, como joven, que en esta campaña electoral ningún joven me representa.

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